Un gran espíritu de fortaleza creadora, inagotable imaginación original e indómita personalidad, hacen de Beethoven un vigor en la cultura de occidente, dándole a la música su característica de gran espectáculo popular, trasladándola libre y poderosa desde los pequeños salones aristocráticos a los grandes ámbitos del mundo. Compartió con vehemencia los ideales de la revolución francesa: Libertad, Igualdad, Fraternidad, llevándolo al plano artístico en un nivel tan alto, como la revolución lo haría en el plano político y social.

La libertad guiando al pueblo, Eugene Delacroix, 1830
Beethoven constituye el puente hacia el Romanticismo. En la actualidad, los expertos lo consideran como el último representante de la escuela vienesa clásica, pues se dedicó a desarrollar el legado recibido de Mozart y Haydn. En el aspecto artístico desarrolló audaces técnicas, enriqueció la orquesta, utilizó sonidos e instrumentos de nueva generación e incluso adaptó los sonidos onomatopéyicos para describir los disparos de cañón, dando a la música un contenido argumental en la que se revelan las grandes pasiones humanas, los grandes sucesos históricos, y los fenómenos naturales.
Este autor, se convirtió en un hermoso símbolo, el prototipo del moderno héroe-artista opuesto al artista-artesano de la Europa prerrevolucionaria. Para Beethoven la música es una revelación más alta que cualquier filosofía. Su feroz independencia y su doloroso éxito sobre el fracaso personal, lo hicieron un modelo para compositores posteriores como Wagner. Al mismo tiempo, su fidelidad a los principios clásicos de composición para alcanzar sus más profundos efectos y su genial inspiración, lo convierten en el mejor exponente de la unión del clasicismo y romanticismo y en la cumbre de la música europea así como en prototipo de belleza moral.
La gran tragedia de Beethoven fue su creciente sordera, contra la cual luchó con los precarios recursos de su tiempo y que progresivamente ensombreció su alma, girando su concepto erótico hacia un costado lúgubre, propio del romanticismo que identificó sistemáticamente amor y sufrimiento. Esta condición lo aisló del mundo, presentándole a los demás con apariencia de huraño, y llevándolo con frecuencia a pensar en el suicidio, un recurso típicamente romántico, del cual lo salvaron el amor, el arte y su sentido de responsabilidad, pues sentía como una obligación la tarea que estaba destinado a realizar.
Su carácter y su rebeldía le hacían negarse a servir a ningún señor, personajes grandes por sus títulos pero mediocres intelectual y moralmente, por supuesto, tuvo algunos mecenas a los que a veces no pudo evitar doblegarse, pero que igualmente perdió y reemplazó, pues en vida su genialidad era ya evidente.

La gran odalisca, Dominique Ingres, 1814
A las afueras de Viena escribe su testamento afectado por una profunda depresión el 10 de octubre de 1802: “Mientras las hojas del otoño caen y se marchitan, también se marchita mi esperanza. Oh, Vosotros que pensaís o decís que soy malévolo, obstinado o misántropo, que equivocados estáis. Siempre he querido obrar grandes proezas, pero desde hace seis años soy un caso perdido, agravado por médicos insensatos que me engañaban año tras año esperando alguna mejoría, para hoy enfrentarme a este mal irreparable. Sin embargo, me resulta imposible decir: hable más alto o grite porque estoy sordo. Cómo podría decir que sufro una debilidad en el sentido que debería tener más desarrollado que los demás.
Qué humillación sentía cuando alguien que estaba a mi lado escuchaba una flauta a lo lejos y yo no oía nada. Estas situaciones me llevaban al borde de la desesperación, un poco más y habría puesto fin a mi vida. Sólo el arte me lo impidió, no podía dejar este mundo sin haber hecho todo lo que yo creía que estaba llamado a hacer...”
Sobre la Séptima Sinfonía
En este enlace podemos disfrutar de la séptima sinfonía de Beethoven, dirigida por Herbert Von Karajan
http://es.youtube.com/watch?v=s8eigkwmMEo&feature=related
La Séptima Sinfonía, en La mayor fue escrita en 1812, en ella Beethoven regresa al temperamento mostrado de las sinfonías tercera y quinta, exponiendo su gran talento para ir acumulando tensiones y procesos rítmicos, como puede comprobarse con sólo escuchar su primer movimiento.
1 Poco sostenuto-Vivace
2 Allegretto
3 Presto
4 Allegro con brio
El Verano, Caspar David Friedrich, 1807
Cuando Beethoven compone su Séptima Sinfonía, su sordera era total. La obra se estrenó en Viena, el 8 de diciembre de 1813, con el propósito de recaudar fondos para los heridos en la Batalla de Hanau. Fue un momento solemne. Tanto, que Beethoven quiso dirigir él mismo la orquesta, aunque debido a su sordera, ya había tenido fracasos públicos: le era imposible dirigir. Se cuenta que Salieri fue quien realmente dirigió en ese estreno, sin que Beethoven lo supiera. La obra fue muy bien recibida. El público pidió con sus aplausos que se repitiera el segundo movimiento.
Posteriormente, Wagner se refirió a la obra, por su ritmo vivo, como la "apoteosis de la danza". Gustav Mahler, quien sentía especial admiración por Beethoven, después de dirigir su Séptima Sinfonía, afirmó que "el final es una auténtica experiencia dionisíaca que deja al alma en un estado de embriaguez".
Es tal la belleza de la obra, la amalgama de clasicismo y romanticismo y de inspiración melódica y armónica que, a partir de esta sinfonía es cuando Beethoven es considerado por sus contemporáneos como el más grande y a esta obra como obra maestra entre las obras maestras. La expresividad de toda la música de Beethoven está inspirada en interpretaciones poéticas y alentada en un siglo de trabajos instrumentales románticos con sobretonos programáticos.
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